Como si de un sueño se tratase, la vio caer.
Lentamente, con suavidad y dureza. Primero cayó sobre sus
rodillas, su cabeza inerte se ladeó hacia la izquierda y por fin se tumbó en el
suelo. La ardiente hoja que atravesó su corazón aún quemaba su piel,
extendiendo el odio y la muerte por todo su cuerpo ya maldito, calcinando el suelo
y, probablemente, su alma.
Dolorido, hizo un esfuerzo por no romper a llorar. No podía.
La rabia y el dolor le hacían bajar la guardia, y por más que lo intentaba, no
lograba reprimir la escena de esa estocada mortal, esa espada llameante
atravesando su delgado pecho, incrustándose en su corazón y abrasándolo. El
Fénix que se hallaba delante de ella, su asesino, comenzó a reírse a grandes
carcajadas, regocijándose en su hazaña, orgulloso y poderoso. Black apretó los
dientes, deseando su lenta y agónica muerte. No se concentraba.
Logró detener a uno de los súbditos del dragón, que intentó
alcanzarle por la espalda. Espada contra espada, aguantaba como podía. Pero la tristeza
se estaba apoderando de él, no conseguía pensar con claridad y su fuerza
menguaba. El lacayo, oliendo su miedo, aprovechó su debilidad y con un rápido
movimiento que Black bloqueó de nuevo se abrió camino hasta su estómago de una
patada realmente inesperada. El chico se encogió, tambaleante, y finalmente el
enemigo le asestó un duro golpe con la empuñadura de la hoja justo en la
cabeza.
Una difusa nube de polvo cubrió sus ojos. Mareado, trató de
erguirse sólo para ser golpeado de nuevo. Cesó en su intento de recuperar las
fuerzas, no tenía. Para él, ya nada tenía sentido. Ella había caído. La Hija de
las Llamas, La Señora del Martillo de Hierro y Fuego, aquélla que guió al éxito
a La Cruzada de los Caídos. Ella, la indiscutible dueña del Fuego y las Llamas,
había caído. No parecía posible, no parecía real. Quiso pensar que se trataba
de un mal sueño, derramaba sus lágrimas sobre la tierra muerta tratando de
negar lo sucedido. Pero en lo más profundo de su pesar, en el oscuro abismo de
su ira y de su enfado sabía que nunca despertaría.
A su alrededor los suyos aguantaban como podían, todavía
luchaban. Algunos caían y se levantaban, una y otra vez, pero Black comenzaba a
verse rodeado de cadáveres cubiertos en sangre y plumas de Fénix. Con el oído
posado sobre la tierra podía oír los pisoteos, los golpes, las caídas, los
gemidos ahogados de los heridos y… pisadas. Pisadas en lo profundo.
Por un momento trató de escuchar aquellas pisadas que
llamaron enormemente su atención. No, no eran pisadas, eran golpes, golpes
fuertes e iracundos, como de una bestia. Una bestia que trataba de salir de su
prisión. Aquella idea le pareció tan irrisoria y estúpida como interesante le
había parecido hacía un momento. Decepcionado, giró la cabeza hacia el cielo sólo
para observar con impotencia al lacayo dolorido que empuñando su hoja
envenenada alzaba el brazo hacia lo alto, preparándose para ensartarle
finalmente el último golpe.
Pero algo ocurrió.
De pronto, un fuerte viento, un golpe, una especie de onda
cálida atravesó todo el campo de batalla. Algunos gritos dejaron de oírse, los
forcejeos cesaron, todos mantuvieron silencio y guardia.
Otra vez.
Esta no era cálida, era ardiente. Los batallones se
estremecieron, sentían que su sangre hervía, que su piel se derretía, pero
ninguno se movió ni emitió sonido alguno. Black trató de guarnecerse de una
tercera ola, pero se olvidó de ello cuando vio que algo en el cuerpo de Shiva
se movía.
Silencio.
Alas negras entre llamas,
cuando muera su alma, serán desplegadas.
Galaonyx, Dios Envenenado,
a su hija enviará, cubierta entre sombra y muerte.
Álzate y contempla, mi obra maestra,
Cgalaeqdras, Fénix Rugiente.
Muerte y Traición,
personificadas.
Esta es mi venganza.
Entre llamas y sombras Black logró distinguir un par de alas
negras, chamuscadas y enormes. Bajo ellas, Shiva movía los dedos de sus manos
bruscamente, tratando de recuperar las fuerzas y alzarse. Los soldados de ambos
bandos se apartaron, creando un gigantesco círculo en cuyo centro sólo se
hallaron ella y su aesino. Finalmente, como si todas sus energías se hubieran
visto restauradas, levantó su cuerpo, se apoyó en una de sus rodillas y se levantó.
De pie, con sus ojos dorados ensangrentados y en llamas, su
cuerpo calcinado formado por ceniza, magma e ira, La Señora de Las Llamas se
alzó.
Extendió sus alas, miró a su asesino a los ojos, y su ira fue
tal que el Zelote Ígneo perdió el control. Temblando, observaba a Shiva con
incredulidad. No tenía ni idea de qué estaba pasando. Vio como el Dragón Calcinado
empuñaba la espada, aún en llamas, incrustada en su corazón y la retiraba,
lentamente, mientras las cenizas y su carne carbonizada caían desde la herida
al suelo.
Sin pestañear siquiera. Lo último que el Zelote vio fue su
propia hoja llameante incrustada en su propio corazón, sintiendo cómo le
quemaba por dentro el odio, la ira y el fuego de su víctima. Pero no cayó.
Shiva lo abrasó hasta que de él no quedaron más que sus
ojos, rubíes ardientes y resplandecientes que, para sorpresa de todos, recogió
del suelo, se llevó a la boca y engulló.
Sin pestañear.
No era Ella. No podía ser Ella. Quién era, pues, aquella encarnación
de las Llamas y el Odio, ese monstruo que se había levantado de entre las
cenizas de Shiva. ¿Quién?
Y le miró, a Black, resplandeciente, llameante, nueva. Le
miró con los ojos completamente abiertos.
Sin pestañear.
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